
Tomé tierra en aquel extraño planeta cuando estaba atardeciendo. No esperaba encontrar mas que formas inferiores de vida, y si paré allí fué porque me estaba meando, y tengo el retrete de la nave estropeado.
Los biosensores del traje me dijeron que podía quitarme la escafandra, ya que el aire era respirable. Pronto noté que el aire era extrañamente denso, bastante cálido y muy denso.
Un ser pasó flotando ante mí. Era un pez, con extremidades humanas. Se movía como si estuviera nadando al estilo perrito.
Le seguí entre la maleza del lugar, hasta un pequeño claro en un bosque de plantas anaranjadas. Allí esperaban otros seres, a cada cual mas extraño, que se volvieron al vernos aparecer. Yo comenzaba a notar que no caminaba: flotaba en el aire.
Un ser consistente en un ojo con brazos y piernas gesticuló aprsuradamente, y el ambiente se llenó de extraños sonidos, amortiguados y envolventes, como si estuviéramos debajo del agua. En ese punto, la sola idea de tener mi traje y mi escafandra puestos se me antojaba insoportable, y decidí arrancármelos literalmente del cuerpo, mientras me ponía a bailar frenéticamente, arrastrado por el sonido que lo arrollaba todo y a todos los presentes.
Por eso me encontraron sin ropa. Te juro, papá, que esa es la verdadera razón de que estos policías me hayan traído así a casa. Además, aquel hombre a la salida del instituto me juró que lo que me daba era un caramelo de mandarina, y nada mas que un caramelo de mandarina…
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Fishcotheque. 1.986
Es parte de un comic que iba a presentar a un concurso local. Afortunadamente, cuando supe quienes eran algunos de los ilustres miembros del jurado, cambié de idea, y presenté un vulgar alegato en contra de las drogas. Gané el primer premio, y pasé un verano de lujo con la pasta que me dieron. Ya estaba harto de ser un artista incomprendido, carajo. Probablemente fue mi primer y único gesto de lucidez en la vida.